Los cazadores de delfines de la sangrienta ‘The Cove’ se defienden: “No nos avergonzamos”

En 2009, el documental sobre la caza de delfines ‘The Cove’ conmocionó a el mundo. Ahora, sus protagonistas han roto el silencio

El año 2009 supuso un verdadero terremoto para la comunidad de Taiji. En esa pequeña localidad japonesa llevan siglos cazando ballenas y delfines. Los cazan para el consumo humano o para la reventa a delfinarios. Pero aquel año su vida dio un vuelco violento: su sacrificio anual de cetáceos acabó llegando a las pupilas de la audiencia global por obra y gracia de Louie Psihoyos y los activistas de su Oceanic Preservation Society. The Cove, su película sobre aquello, acabó llevándose el Óscar al Mejor Documental en 2010. La condena de lo que mostraba el filme fue unánime.

Ver a miles de adorables delfines desangrándose en las aguas rojas del Parque Nacional de Taiji, arponeados o acuchillados a quemarropa, es de esas imágenes que se te quedan irremediablemente cosidas a la sesera. Los grupos conservacionistas pusieron la voz en el cielo. El estigma cayó sobre Taiji. Los pescadores respondieron al debate internacional sobre su crueldad con un voto de silencio. Pero ahora quieren hablar

“Hemos estado fundamentalmente callados desde The Cove, y es por eso que nuestro punto de vista nunca llegó a tener un lugar en los medios”, cuenta Yoshifumi Kai, un ejecutivo de la cooperativa pesquera de Taiji, a The Guardian.

Kai denuncia una campaña de acoso y desprestigio por parte de grupos conservacioniasta como Sea Sheperd. Dice que esos grupos tratan de fabricar intrigas y confrontaciones donde no las hay. “Los activistas dicen que escondemos algo porque sabemos que lo que hacemos es inmoral, pero eso es un sinsentido. Nunca ves ganado u otros animales sacrificados en público. Es algo que no haces a la vista de todos”.

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La caza de cetáceos en Taiji se remonta, al menos, a principios del siglo XVII. Para los pescadores es una tradición muy arraigada, además de un medio básico de subsistencia.

“Los activistas extranjeros nos preguntan por qué matamos a estos bonitos animales. Nosotros los vemos como una fuente vital de comida, aún hoy”, explica Kazutaka Sangen, alcalde de Taiji. “Cuando yo era niño, recuerdo como un tercio del pueblo se acercaba a la playa a recibir a los pescadores cada vez que traían ballenas. Lo hacían porque estaban desesperados por comer su carne. Necesitábamos matar a las ballenas para comer, o cientos de personas morirían”.

Y añade: “Estamos agradecidos a las ballenas. Queremos que los occidentales entiendan eso”.

El mantenimiento de los servicios básicos en Taiji —desde la educación a las antenciones a ancianos con dependencia— depende en buena medida de los ingresos derivados de la venta de delfines a acuarios de todo el mundo, asegura el alcalde. La carne de delfín no es tan buen negocio, y además está desaconsejada para el consumo humano por su alto contenido en mercurio, pero en Taiji muchos la comen.

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“Nosotros pensamos en los animales como un recurso. La caza de ballenas y delfines es el pegamento que mantiene unido a este pueblo. Es algo inseparable de la identidad y el orgullo local”, insiste Sasaki. Y a quienes señalan sus prácticas como especialmente crueles, les dice que no, que es lo contrario: aunque desde fuera esos acuchillamientos pueden parecer terribles, el alcalde asegura que es la forma más humana de matarlos (lo que no quiere decir que no sufran).

Kai y Sasaki cofían en que el nuevo documental Okujirasama (A Whale of a Tale)pueda cambiar el punto de vista de muchos sobre aquello que The Cove retrató como un acto de una crueldad casi inhumana.

“No nos avergonzamos de cazar delfines y nunca vamos a considerar el dejar de hacerlo”, sentencia el primero. “Es el elemento más importante de nuestra tradición local. Mira a tu alrededor… Si no viviéramos del mar, no habría nada para nosotros. La gente nos sigue diciendo que dejemos de cazar cetáceos y encontremos otra forma de sustento. ¿Pero qué otra cosa podríamos hacer aquí?”.