Fotografías de Jan Rattia que demuestran la triste y solitaria vida de un stripper

A pesar de estar rodeado de mujeres y hombres que lo adoran como a un dios, su vida está sumida en un vacío que ni la música es capaz de llenar.

Tal vez jamás hayas puesto un pie en un sitio donde un tipo de gruesa musculatura y minúsculo calzón de tela te baile de manera lasciva… invitándote a subir con él a la barra del club para iniciar una serie de movimientos sensuales a ritmo de una canción de reggaetón.

Quizás jamás hayas pensando en que un tipo de espalda de roble y cuerpo untado en aceite te invitara a lo que tus amigas se refieren como “un privado”; un show exclusivo en un rincón apartado detrás de las cortinas de ese club, donde tanto hombres como mujeres van a contemplar el cuerpo de un grupo de bailarines que han dejado de lado su pudor.

Sin embargo, siempre existe una primera vez…

Detente. Si crees que lo que verás a continuación es una extensa galería fotográfica de hombres bailando con poca ropa y con diminutos trajes que dejen ver su torneada anatomía te has equivocado. Aquí se dará un repaso a esa otra vida del stripper: la que nadie ve o de la que a nadie le interesa ser testigo. Tras bambalinas, el fotógrafo venezolano Jan Rattia se ha colado para dar vida a Tease, un recuento de lo que ocurre en el mundo oculto de este grupo de hombres que viven de sus cuerpos y que parecen estar condenados a hacerlo de por vida.

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Rattia se dio a la tarea de tomar su cámara y comenzar a rodar por clubes de stripper en distintas ciudades norteamericanas, como Atlanta, Miami o Nueva York, con la misión de captar la (en ocasiones) solitaria existencia de bailarines eróticos que han hecho de ello su modo para subsistir y pagar las cuentas del hogar, las colegiaturas de su carrera universitaria, la renta de un minúsculo departamento o porque simplemente la vida los empujó a deleitar la pupila ajena.

Detrás de cada movimiento de cadera o acompañado de un tatuaje que adorna sus músculos, cada stripper tiene una historia en sus espaldas, donde destacan las alegrías y las decepciones, las frustraciones y los logros, las risas o el llanto, las ganas de vivir o los deseos de desaparecer de la faz de la tierra.

Algunos de ellos despiertan tal vez con los deseos de que su día fuera diferente, lejos del encierro de los clubes donde se ganan algunos dólares o de la música que ni siquiera es de su agrado. Por un maldito segundo han deseado no tener que someterse a los rigores de un entrenamiento exigente en el gimnasio para conservar su cuerpo atlético intacto. Por un momento han deseado ganarse la vida de una manera distinta, detrás de un escritorio, de la caja de un banco, cortando el césped de grandes mansiones, lo que fuera con tal de relajarse del bullicio que los hace sentir más solos.

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Los que se han hecho adictos a los gritos de mujeres y hombres que anhelan tocar sus cuerpos viven la fantasía de ser las estrellas de la noche, los dioses a los que los humanos sedientos de sexo quieren entregar sus cuerpos para llenarse de un placer momentáneo. Pero al regresar a casa, a esos egocéntricos bailarines no les queda más que el ruido de un refrigerador a medio llenar y la corriente de una ventana abierta por la que se cuelan los malos olores de la ciudad que los devora de un solo bocado.

Jan Rattia es un excelente retratista que profundiza en la piel y los sentimientos de sus jóvenes y fornidos modelos, mediante fotografías de sólida técnica y limpieza visual. Logra llegar hasta el fondo de un submundo altamente erótico sin que en ello se cuele el mal gusto o la vulgaridad. Y es que ser un bailarín de stripper tiene, al final de todo, las mismas miserias y alegrías que las de un oficinista, un atleta o un artista: en todas las actividades existen los momentos gloriosos y las derrotas más absurdas. La diferencia es que unos las viven enfundados en un traje y otros con escasa ropa encima.